_La guerra parece al fin terminar,
las bombas, los gritos y los aullidos
están enterrados ya por las ruinas,
al fin callados por el polvo y el odio,
silenciados por la ridiculez.
No tanto. Para sorpresa de un Cristo,
un Cristo de vitrales coloridos,
simples autistas en un mundo gris,
hay dos sombras que se escurren, escabullen,
en el eco, eco gris y solitario
del triste, insignificante altar.
Y ya dejan las sombras de ser sombras,
se transforman en móviles vitrales,
espantan el silencio con su risa,
capturan la alegría, hacen el amor,
en su ya caleidoscópica unión.
Absorto, el Cristo logra sonreír;
curioso, el Sol mira la fusión
en aquel anfiteatro del amor,
que él mismo ilumina, agrandándose,
hasta explotar.
