Hoy
mi gran ciudad está sitiada. Me lo dijo la policía, me avisaron en la calle de
la vuelta. Los adoquines se volvieron a hundir en el asfalto, un albañil con
ellos. El gobierno organizó una masiva cosa que ya me olvidé, el zapatero se
coronó rey en el mostrador mientras sus padres concebían otro hijo sin futuro. Los
maestros de la escuela normal 2 proclamaron la construcción de túneles larguísimos
de años y ladrillos, pero la otra ciudad también, -tremendo- también está
sitiada. Los nietos siguen el trabajo y cavan más y un poquito más con las uñas,
pero el sitio es un círculo perfecto en el tiempo y el espacio. Catapultas
tiran a la gente sin ganas a sendos lugares rodeados de nada: sarampión de
hijos sitiados.
Qué
le vamos a hacer, chiquito,
las
tropas enemigas se nos vienen
encima
y encima no sabemos
de
qué color son sus cascos.
Qué
le vamos a hacer, abuelo,
tanto
tiempo a tientas se nos va
y
acá la tenemos tan tan clara que
sabemos
de memoria Buenos Aires.
Entonces,
profesor, te escucho
en
esta aula, sin parar, pero pibes
nacen
y cavan siempre en algún
lugar
del medio del planeta.
Ahora
abrigate y cuidado, muchacha,
si
algún toldo se nos rompe,
si
la musa de al lado nos escucha,
si
pateamos los charcos que salpican.
Llevá
goma de borrar y acabemos
de
una buena vez este desastre.