La insomne rasca la pared de siempre,
ansiosa
y expectante se apura
y
ahora es menos
y
menos lo que queda
y
más finita es la barrera.
La
pared grita y en la cama
sueña
ella un sueño repetido
donde
ama y la rechazan
donde
llora y se desviste
todas
las noches a la misma hora
para
su asqueroso
amante
perfecto. Una vez más
tiembla
la pared pero sueño.
Y
ahora es más.
Siguen
las manos en la pared,
escarban
nocturnas inquietudes
de
la vida que quieren dormir.
La
cama es un quieto
caos
de estruendos, goces que tantean
en
las sábanas las sonrisas
y
sonríe. Sopor.
Perfecto.
Y
el amante de la noche
le
da todo lo que quiere
le
da, y habla cuando habla
y
dice sí y gime a coro
y
prepara una fiesta y un sueño
nuevo
cada vez,
eterno
cada noche.
Gruesa
como nada, la pared se desintegra
en
el impulsivo
impulso
de cada dedo y se va
y
es aire.
Con
el pelo negrísimo hasta la nuca y el camisón hasta las rodillas, con los ojos
sin párpados y negros de pupilas, la chica vuelve atrás y escucha tímida los
ecos de los ecos de las últimas piedrecitas de cal que rebotan por algún lugar
ya muy lejano, perturbando el sueño de algún alguien sin problemas. El tiempo
deja de pasar, no pasa ni rápido ni lento, simplemente se va, y la chica sin
edad aprovecha y avanza, obstinada, curiosa, insomne, al hueco que la mira. Y
ya no se acerca más, mejor inclina la cabeza hacia adelante como al borde de
una pileta profunda, y empieza a sumergirse de a poquito en ese pozo en el que
quiere ser envuelta y que le da tanto miedo. Un poco más, ahora puede ver, sus
ojos miran adentro y en su boca asoma una sonrisa, una sonrisa en serio,
chiquita, que no llega a mostrar los dientes. Satisfecha, vuelve la cabeza
atrás y se vuelve ella también en sus pasos y a su cama, se mira en el espejo,
se peina, se desviste y, antes de dormir, no se olvida de sacarse un poco el
polvo de las manos.