3.9.11

Chapuzón


  La insomne rasca la pared de siempre,
ansiosa y expectante se apura
y ahora es menos
y menos lo que queda
y más finita es la barrera.

La pared grita y en la cama
sueña ella un sueño repetido
donde ama y la rechazan
donde llora y se desviste
todas las noches a la misma hora
para su asqueroso
amante perfecto. Una vez más
tiembla la pared pero sueño.

Y ahora es más.
Siguen las manos en la pared,
escarban nocturnas inquietudes
de la vida que quieren dormir.

La cama es un quieto
caos de estruendos, goces que tantean
en las sábanas las sonrisas
y sonríe. Sopor.
Perfecto.
Y el amante de la noche
le da todo lo que quiere
le da, y habla cuando habla
y dice sí y gime a coro
y prepara una fiesta y un sueño
nuevo cada vez,
eterno cada noche.

Gruesa como nada, la pared se desintegra
en el impulsivo
impulso de cada dedo y se va
y es aire.


Con el pelo negrísimo hasta la nuca y el camisón hasta las rodillas, con los ojos sin párpados y negros de pupilas, la chica vuelve atrás y escucha tímida los ecos de los ecos de las últimas piedrecitas de cal que rebotan por algún lugar ya muy lejano, perturbando el sueño de algún alguien sin problemas. El tiempo deja de pasar, no pasa ni rápido ni lento, simplemente se va, y la chica sin edad aprovecha y avanza, obstinada, curiosa, insomne, al hueco que la mira. Y ya no se acerca más, mejor inclina la cabeza hacia adelante como al borde de una pileta profunda, y empieza a sumergirse de a poquito en ese pozo en el que quiere ser envuelta y que le da tanto miedo. Un poco más, ahora puede ver, sus ojos miran adentro y en su boca asoma una sonrisa, una sonrisa en serio, chiquita, que no llega a mostrar los dientes. Satisfecha, vuelve la cabeza atrás y se vuelve ella también en sus pasos y a su cama, se mira en el espejo, se peina, se desviste y, antes de dormir, no se olvida de sacarse un poco el polvo de las manos.