Yo y mis
ojos nos miramos. Estábamos corriendo saltando como vallas las baldosas rotas,
cuando de golpe nos miramos y tuve que pararme, así sin más. Fue casi
obligatorio, la vida me golpeó en el medio de un paseo común, esa vida que nos lleva
siempre mientras vamos, que nos arrastra mientras vemos. Me paré como a punto
de desmayarme, los ojos se me pusieron negros un segundo y, en seguida, vieron
de nuevo. Y es mentira que se me haya ocurrido un verso, una historia, que una
ráfaga de inspiración me haya golpeado. No pasó nada, sólo sé que yo y mis ojos
nos miramos, y que me quisieron decir algo así, en pocas palabras:
En
estos tiempos modernos que corren,
busco
el amor sin parar el reloj,
y
sólo veo vacíos subsuelos varios
de
un mapa cada vez más recortado.
Esta
gran frontera es un gran espejo
que
ríe cuando reímos y llora
cuando
creemos que no hay más allá,
cuando
nos olvidamos del adentro.
¿Cuántas
letras tiene nuestro alfabeto?
¿Cuántas
cosas sentimos las personas?
En
la cama, en el café, en cada cuerpo
salpicado
de lágrimas y ganas,
amaso
todo junto y como el pan
tratando
de anotarle los sabores.
Como
el Camino del Inca o esta calle
que
trazo con esclavos que se besan,
así
quiero sumarnos otra meca
ahí,
bien en el fondo del camino,
donde
yo soy vos y vos sos nosotros.
Quiero
ser el maestro mayor de obras,
un
ingeniero de esta obra faraónica,
hasta
que sucios ya de tanto uno
nos
levantemos para vernos ser
sensual
crealina mezcla de nosotros.
Así,
hasta que casi arrastrándonos,
de tanto
hablar el mundo se enamore
y
zigzagueando esta lengua me envuelva.
Estaba
tan en otra, que en ese segundo me crucé a todos mis amigos por casualidad. Me
gritaban “¡Marco!” y yo ni me daba cuenta. Ahora sólo me mira un chico de unos
tres o cuatro años, que en seguida vuelve a seguir jugando a saltar las
baldosas, tratando de pisarlas sin tocar esa línea más fina o más gruesa que siempre
las separa.