_Quiero mojarme y saltar
en la tenue llovizna, y aprovechar
los instantes de calma, y así
evitar toda brusquedad. Tímido
sé lo que quiero, ningún plan
de ninguna vida, simple y enésimo
intento de felicidad. El galopar
de insistentes gotitas
me apura sin cesar y ansioso
aumenta el indeciso balanceo
hasta descubrir mi miedo, mi terror.
Pido tregua y mientras ruego
que no me haga caso, y que siga
y me acose
y abrume, más.
Ya los paraguas salvan a la ciudad
de nosotros, ya tormenta y piel,
agua y yo, uno sólo son. Paraguas
ya tapan la posible incredulidad
de seres que perdieron, olvidadizos,
sus diferencias en una simple distracción.
Estoy empapado, desnudo y sin vacío,
sin miedo, sin yo. Nosotros y nosotros
nos olvidamos de mí. Granizo y agua,
corriente que rompe y cambia
el terreno de la memoria. Por fin.
Navegando en paz, adicto
a este abrirme al misterio,
yo sacrifico mis ojos
al encandilarlos cuando miro
en cielo ya despejado, así nomás,
un fantástico eclipse, un fenómeno
que los paraguas siempre abiertos
no dejaron observar. Fulgor