Él. Por hoy no tiene nombre, pero no lo sabe. Para
él es hoy una noche importante, de esas noches en las que se propone salir a
tomar algo, no hasta muy tarde, y acepta. Y aunque no sale, no se toma un
vasito de nada y ni siquiera se mueve de su silla y de su cuarto diminuto, se
siente igual más acompañado que nunca. Seguro elige hacerlo justo hoy porque es
día de lluvia, poca pero larga, y alguien le dice siempre que esa lluvia es
buena para estar con uno, como atrapado en compañía.
Es en el segundo cajón donde encuentra los restos
de otra noche igual, son los pedazos de las charlas que quedan escritas con una
inspiración sincera, con esas ganas de vomitar llorando que muy pocas veces son
ganas. Y las lee. E instantáneamente siente que la magia es un secreto que
todos tienen y nadie dice, es un confidente, un chiste que no se explica, un no
se qué. El día que sepa explicar lo que siente hoy, lo va a hacer.
Hay días en los que seco
esta vereda,
días como de hoy o de
ayer, como siempre
días de café amargo,
excusas de vida
que persigo en este
tiempo estancado.
Y en esta calle toda
pisoteada,
calle más calle que
nunca, me acuerdo
de las muletas que
pierdo,
de mis pasos tan
espásticos,
de mi dardo en la pared
de la tercera no vencida.
Acá en mi rincón de
tiempo empapado
río llorando la tristeza
que dura
y dura y
ya no golpeo la pared
cada noche,
y tampoco doy vueltas en
la cama
mojado por las gotas
extranjeras
de un par de días que
nunca
fueron hoy. Ahora,
con la esquizofrenia de
mis ganas
veo un profeta mudo,
un sabio distraído que
sale sin paraguas
y se moja,
maestro de muchos
nombres, genial
titiritero de mi función
obvia-
mente granizada de
sonrisas y
de dolores dejados en
remojo.
La verdad que todavía hoy
no sabemos
de donde viene toda esta
agua.
Pero cómo moja.