11.2.12

¡A sus órdenes!


Es un chico hermoso, viejo para ser un chico, pero todos lo miran y están seguros de su juventud, de su perfecto manual de equivocarse. Hoy es un día raro como todos los demás, y el chico camina con sus pasos asimétricos, renguea saludando al pueblo desde su airosa estatura de petiso orgulloso. Un abogado y un cura lo miran pasar, con cuatro ojos que giran de izquierda a derecha. Al revés, el filósofo y el psicólogo tratan de conciliar los pasitos irregulares y desacompasados con sus categorías de conducta humana predecible, moviendo sus miradas inquietas pero certeras.
Silencio murmura el nene que pasea saludando, y los bachilleres especializados caen como piezas de dominó, como cuadraditos perfectos dispuestos a venerarlo hoy y siempre hoy. Paso, pasos. El oficial del fondo lo espera y se persigna con el ritmo de una música que le gusta al chico que avanza, y calla. El nene camina y lo mira, y lo mira y lo mira a cada uno que despide, mientras se saca la mochila ahora de un lado, ahora de otro, y empieza a ponerse la crema en su piel sensible, de esa que se rompe de nada, y que es tan linda. Y le dice:

Sabé que a veces sufro,
que nunca me olvido de esa música
y de esos retorcijones, que soy egoísta
pero un poco más
soy todo lo contrario. Todavía
estoy pensando cómo es eso,
pero es difícil viste, a veces
ni dan ganas de pensarlo.
Vos te quedás acá,
con tu uniforme, con tus condecoraciones
de batallas ganadas y piernas perdidas,
con tus morales alcanzadas y defectos ocultados,
con la verdad.
La página que arranqué es la mía,
y sólo sé que soy adicto a amar,
muy.

Se olvida la mochila y un libro gordo, todos se acuerdan del atronador eco de orgasmo que se sigue escuchando y rebotando sin parar y sin cesar en las paredes y piedritas de ese precipicio. 

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