Es un chico hermoso,
viejo para ser un chico, pero todos lo miran y están seguros de su juventud, de
su perfecto manual de equivocarse. Hoy es un día raro como todos los demás, y
el chico camina con sus pasos asimétricos, renguea saludando al pueblo desde su
airosa estatura de petiso orgulloso. Un abogado y un cura lo miran pasar, con
cuatro ojos que giran de izquierda a derecha. Al revés, el filósofo y el
psicólogo tratan de conciliar los pasitos irregulares y desacompasados con sus
categorías de conducta humana predecible, moviendo sus miradas inquietas pero
certeras.
Silencio murmura el nene
que pasea saludando, y los bachilleres especializados caen como piezas de
dominó, como cuadraditos perfectos dispuestos a venerarlo hoy y siempre hoy.
Paso, pasos. El oficial del fondo lo espera y se persigna con el ritmo de una
música que le gusta al chico que avanza, y calla. El nene camina y lo mira, y
lo mira y lo mira a cada uno que despide, mientras se saca la mochila ahora de
un lado, ahora de otro, y empieza a ponerse la crema en su piel sensible, de
esa que se rompe de nada, y que es tan linda. Y le dice:
Sabé que a veces sufro,
que nunca me olvido de esa música
y de esos retorcijones, que soy egoísta
pero un poco más
soy todo lo contrario. Todavía
estoy pensando cómo es eso,
pero es difícil viste, a veces
ni dan ganas de pensarlo.
Vos te quedás acá,
con tu uniforme, con tus condecoraciones
de batallas ganadas y piernas perdidas,
con tus morales alcanzadas y defectos ocultados,
con la verdad.
La página que arranqué es la mía,
y sólo sé que soy adicto a amar,
muy.
Se olvida la mochila y
un libro gordo, todos se acuerdan del atronador eco de orgasmo que se sigue
escuchando y rebotando sin parar y sin cesar en las paredes y piedritas de ese
precipicio.
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